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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

De enciclopedias y diccionarios

Recuerdo con nostalgia las enciclopedias que había en mi casa, los grandes diccionarios y la manera en la que me asomaba a esos tomos con la curiosidad y la alegría de saber que siempre hallaría una respuesta o descubriría algún hecho histórico, científico o algún personaje que quedaría fijado en mi memoria. Algunas veces las yemas de mis dedos quedaban manchadas de la tinta que se desprendía de algunas páginas o fotografías impresas y el olor de aquellos libros es el olor de una infancia y un tiempo detenido o como diría Carlos Ruiz Zafón en el Juego del ángel: “Entré en la librería y aspiré aquel perfume a papel y magia que inexplicablemente a nadie se le había ocurrido embotellar”.

Mi madre compraba a cuotas, al Círculo de lectores, o a los vendedores que visitaban las oficinas bogotanas en los años setenta muchas de esas enciclopedias que se pagaban puntualmente cada fin de mes y por eso tuve a primera mano los doce tomos de la Salvat (incluido el tomo adicional del libro del año de 1978), El Mundo de los Niños (en inglés y en español), Grandes Guerras de nuestro tiempo e Historia del arte, también de la legendaria editorial Salvat entre otras. Heredé de un tío algunos volúmenes sueltos de la Enciclopedia Británica y de la Espasa Calpe lo mismo que algunas ediciones del Almanaque Mundial y viejas revistas de las Selecciones del Reader's Digest. Las 239 páginas del libro Hombres que cambiaron el mundo me permitieron aproximarme por primera vez a personajes como Homero, Copérnico, Newton, Napoleón, Darwin y Marconi entre tantos otros personajes y sumergirme en sus vidas como si se tratara de una interminable novela de aventuras. En mis días de colegio fueron fundamentales en tantas noches de tareas de las diferentes materias en las que pude resolver diversas preguntas de biología, química, álgebra, historia y filosofía y que despertaron una curiosidad por tantos temas que aún sigo sin resolver.

Sin embargo, el paso del tiempo y del llamado progreso fue desplazando aquellas enciclopedias y diccionarios que hoy aparecen como prueba de un tiempo extinguido. En esta edad de la inmediatez donde pareciera que se valora más la velocidad de la información que su verificación, la globalización y el capitalismo apuestan por la fragmentación del conocimiento en detrimento de lo compendiado. La llegada de la era digital ha transformado radicalmente la forma en que accedemos y consumimos información. La urgencia y la rapidez se han convertido en un imperativo cultural, impulsado por la vertiginosa difusión de datos a través de internet y las redes sociales.

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