
En las ligas serias de fútbol los torneos duran un año, vale la pena apostarles a procesos largos dentro de los clubes, se tiene claro el calendario y poco se aplazan los partidos, el equipo que sale campeón es efectivamente el mejor del torneo y no el mejor de unos cuadrangulares, los derechos de televisión están repartidos de acuerdo a unos criterios claros y no por partes iguales e ir a torneos internacionales es verdaderamente un premio. En fin, en las ligas serias del mundo no hay un consuelo generalizado de “a pesar de la Dimayor, nuestra liga ahí va…”.
Una de las ventajas de tener una liga de un año es que –además de que el campeón es el equipo más regular de todo el torneo– por esta época se conoce quién es el ‘campeón de invierno’, un título cuyo premio es el honor de ser el mejor equipo de la primera mitad de la competición. En la gran mayoría de ligas en el mundo, el fútbol se detiene durante Navidad y año nuevo y se reanuda poco después del puente de reyes. En Italia ya se sabe que el campeón de invierno es el Inter de Milán, a cuatro puntos de la Juventus. En España, el Real Madrid comparte este título honorífico con el Girona, una grata sorpresa. En Francia el Paris Saint-Germain cabalga solitario el liderato de la Ligue 1, cosa que, a este punto, ni es grata ni es sorpresa. Cosa distinta pasa en Escocia, Gales, Irlanda del Norte e Inglaterra, países en donde el fútbol no para ni siquiera en las fiestas de fin de año. En la primera mitad de la Premier League inglesa lidera el Liverpool de Lucho Díaz y el Arsenal lo escolta.
En el mundo anglosajón el 26 de diciembre es visto como el Boxing Day, un día dedicado a la caridad y que en los últimos años se ha vuelto famoso porque los estadios se llenan de familias enteras que van a celebrar el paso de la Navidad junto a sus equipos. Esto, porque desde la Edad Media existe una tradición en que después de la Navidad la nobleza británica les entregaba a sus súbditos un regalo en una caja, una especie de ancheta de aguinaldo. Una tradición que hoy despierta cierto desagrado por ser visto como una Navidad de segunda: una vez les sirvieron a los nobles su fiesta de primera, ya pueden celebrar su fiesta de poca monta. Charles Dickens fue uno de los detractores y retrató a los nobles como ese Scrooge codicioso y egoísta de Cuento de Navidad.
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