
Hay algo intenso que revive en la época navideña y es que, independientemente de que nos guste o no esta celebración, por lo general convoca a la nostalgia y nos conecta con algún recuerdo puntual de la infancia. La memoria como instrumento de viaje a instantes de la vida que se instalan en el corazón, para muchos, el lugar donde reside de verdad esa memoria. Algunos crecimos y nos volvimos esa especie de “Grinch” (el personaje verde, gruñón y cascarrabias que odia la navidad) o por el contrario nos convertimos en aquel tío entusiasta que siempre se pide leer los regalos en la noche del 24 al tiempo que pone la música y anima la cena. Otros prefieren encerrarse y aprovechar este tiempo para la introspección o la reflexión. Hay siempre los más ferverosos y religiosos que aprovechan este tiempo para celebrar de forma genuina el nacimiento de Jesús, sin duda, el personaje más importante de los últimos dos milenios, el gran influencer que solo tuvo doce seguidores en su momento. Lo que es cierto es que alguna emoción nos moviliza esta época más allá de las creencias o la fe.
Tengo un par de amigos escritores, cuyas convicciones y trayectorias respeto, que se proclaman ateos y sin embargo asisten y defienden las novenas navideñas como un espacio familiar que los vincula con unas costumbres y tradiciones muy verdaderas. Lo cierto es que suena la música y se revienta la pólvora y los recuerdos se alborotan como una secuencia cinematográfica. En mi caso me devuelve a mis vacaciones de fin de año en Santa Marta y al pesebre viviente que en la capilla de Bavaria dirigía Aurita Santos de Conde quien durante semanas preparaba los villancicos y parlamentos que cada niño debía recitar la noche del 24 antes de la misa de gallo. Yo, como llegaba a Santa Marta sobre la fecha, por lo general me correspondía un papel secundario: pastor, oveja o árbol. Solo una vez pude ser rey Baltasar. Mi abuela afanaba la máquina Singer para tener a tiempo todos los disfraces incluyendo el mío. Al regresar de la presentación de ese pesebre por lo general a algunos de los amigos y vecinos ya les había puesto los regalos el Niño Dios. En la casa de mis abuelos había que esperar a la mañana del 25 para encontrar dichos regalos bajo el árbol a al lado de la cama. Para mi inocente imaginación infantil era un poco absurdo que el Niño Dios o Santa Claus pasara por el barrio y solo atendiera algunas casas y luego tuviera que volver a dejar mis obsequios y los de mis primos, pero en el fondo comprendía que tenía sus prioridades y que yo, que nunca fui el más juicioso o aplicado, con seguridad no encabezaba las listas de entregas.
Así transcurría la infancia, con la ilusión de aquellos afectos que se quedaron para siempre y con la alegría de mostrar y compartir los juguetes con los amigos bajo un árbol de mango o tamarindo o en la mitad de un parqueadero que fue escenario de los mejores partidos de fútbol, de los juegos de la “Lleva” o “Las escondidas” y por supuesto de los primeros deslumbramientos con el amor. La banda sonora no solo eran los villancicos sino los comerciales de la época: café Águila Roja, Coca Cola, y el clásico “De Año Nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes…” de la cadena Caracol que complementaban a los 14 Cañonazos bailables y los éxitos tropicales de diciembre que sonaban en las emisoras.
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