
Una cosa es la firmeza en la defensa de las ideas gubernamentales, otra es el capricho. Una cosa es apurar para hacer avanzar el desarrollo del programa gubernamental, otra cosa bien diferente la improvisación.
El capricho implica persistir en los empeños, así los costos sean inmensos o simplemente no existan recursos para desarrollar lo que se quiere. La reacción del presidente Gustavo Petro en relación con el metro de Bogotá es un buen ejemplo de un capricho.
Contra la evidencia de una primera línea ya adjudicada, con predios adquiridos, y, sobre todo, con cierre financiero ya alcanzado, el presidente insiste en echar la mayor parte del trazado por vía subterránea. Este capricho puede tener un sobrecosto que fluctuaría entre 8 y 12 billones de pesos, según la opción que se escoja, y acarrearía un retraso de cerca de seis años frente al horizonte de tiempo inicialmente calculado.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios













