
Mañana aterriza en el Congreso una reforma laboral que irá hermanada con una pensional para “superar el neoliberalismo” y “devolverles los derechos a los trabajadores”, argumenta el Gobierno. Por lógica, uno recupera lo que algún día tuvo. Una mirada desapasionada del país de finales de los 80 y principios de los 90 resulta desoladora: inflación de dos dígitos, salarios bajísimos, quiebra del Seguro Social y alto desempleo e informalidad.
Esto no es una defensa del estado de cosas pero sí que tengamos en la frente un elemental sentido de las magnitudes. Ese relato falso de la Colombia anterior a las reformas de los 90 que estaba “industrializada” y con trabajadores con “plenitud de derechos que les fueron arrebatados” no resiste una sesión de cinco minutos de datos.
Ahora, el Gobierno tiene razón en alzar la voz con fuerza y plantear cambios drásticos para el sistema laboral. Acá no tiene lugar la bandera gradualista de “construir sobre lo construido”. El problema es que su reforma le da una vuelta de tuerca a los problemas. Nuestro sistema es un absoluto desastre por todos sus frentes y necesita una cirugía integral, como lo sugiere la consultoría de primer nivel llamada Misión de Empleo que entregó sus resultados al final del gobierno de Iván Duque.
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