El protagonista de esta columna no es un narco común. Por el contrario. Es un delincuente callado, apacible, sobrio y tranquilo. Un gánster que se acuesta a las ocho de la noche después de comer helado y jugar con sus nietos. Un traqueto sanguinario fiel y rezandero, que no se pierde la misa los domingos con su esposa.
Y su familia, no es una casta mafiosa cualquiera. Es un clan político que ha heredado el poder, entre sus miembros, durante años. Una estructura criminal que se hacía pasar por empresarios y ganaderos. Un grupo de hermanos y sobrinos que, con el poder municipal, han lavado sus dineros, siendo propietarios de criaderos de marranos, dueños de galleras y como si eso no fuera suficiente, chupando recursos oficiales con subsidios y contratos. Vampiros guajiros.
Me explico. El pasado 13 de abril, en el marco de la Operación Arcángel, la Agencia Antidrogas DEA, en coordinación con las autoridades colombianas, capturó a seis personas solicitadas con fines de extradición por los Estados Unidos. De esos criminales, tres son integrantes de una misma familia. Las capturas se adelantaron de manera simultánea en Barranquilla, Riohacha y el corregimiento de Camarones de La Guajira. Camarones que se durmieron y se los llevó la que sabemos.
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