
Un fracaso total en materia de turismo resultó ser la Semana Santa en Colombia. A la crisis de las dos aerolíneas de bajo costo, que dejaron de operar días antes de que empezara la primera temporada alta del año, se sumaron problemas como los altos costos en los tiquetes aéreos y la inacción del Gobierno nacional para salvar a aquellos prestadores de servicios que se vieron afectados por la situación.
Y es que desde hace mucho tiempo se sabía lo que iba a pasar y poco o nada se hizo para prevenirlo o, por lo menos, para mitigar el efecto negativo que podría generar la poca oferta aérea en la industria turística colombiana que veía en la Semana Santa una gran oportunidad para crecer, para impactar en la economía del país y para tener un colchón que permitiera soportar las turbulencias que se vienen este año.
No se trataba solamente de ayudar un par de días a los viajeros que se quedaron varados en los aeropuertos cuando Ultra Air dejó de volar, llevándolos en el avión presidencial o en aeronaves de la Fuerza Aérea Colombiana. Claro, eso sirvió y mucho, pero ese no podía ser el “plan de contingencia” que tenía el Gobierno para aliviar el golpe que tuvo el sector y que seguro tendrá consecuencias en un futuro cercano.
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