
“Siempre estaban a órdenes de nosotros y nosotros de ellos”, la frase en la cuarta y última audiencia de Salvatore Mancuso en la JEP, en su condición de “bisagra” entre los paramilitares y la fuerza pública, al referirse a las relaciones que tenían con el DAS, no puede ser más contundente. Resume cómo se borraron las fronteras entre lo legal y lo ilegal. De las cuatro audiencias de Mancuso, sin duda, esta es la más dolorosa porque confirma la forma abierta y masiva en que el grupo ilegal infiltró un departamento administrativo de la propia Presidencia de la República.
Al escuchar de nuevo la versión completa del jefe paramilitar ante la JEP se reviven los horrores de los crímenes cometidos hace más de dos décadas por esos grupos y nos preguntamos cómo el país aguantó tanto durante esos años de barbarie. Entre finales del siglo pasado y los primeros años de este, Colombia se debatió entre las acciones de la guerrilla de las Farc y las de los grupos paramilitares. Vivimos una década de espanto. Las atrocidades de los paramilitares con sus masacres, asesinatos selectivos y atentados contra la población civil fueron igual de graves a las cometidas por las Farc o el ELN. La diferencia, que a muchos cuesta comprender, es que en el caso de la guerrilla se trataba de grupos que enfrentaban con armas al Estado y en nombre de esa lucha violaban en forma flagrante los derechos humanos y el DIH, mientras que los paramilitares contaban con el apoyo y la complicidad del propio Estado como lo confirma una vez más el jefe “para”.
Escuchar el relato de Mancuso me retrocedió 20 años en mi vida hacia 2003, cuando los paramilitares dominaban la política del Norte de Santander y contaban con aliados en las fuerzas de seguridad y de inteligencia del Estado. En lo nacional, las relaciones con exdirectivos del DAS son suficientemente conocidas, pero aún no sus relaciones en el nivel regional. Las afirmaciones de Mancuso acerca de sus vínculos con integrantes del Ejército, DAS, Policía y la propia Fiscalía son ciertas. Todos lo sabíamos en el departamento y algunos que denunciamos no fuimos escuchados. Éramos vistos como unos bichos raros que corrimos graves riesgos.
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