
Rina avanzaba en su narración mientras varios de mis compañeros lloraban. Yo me sentí más conectada con su alegría del presente y su calidez, y quizá por eso mis emociones no fluyeron hacia las lágrimas. Por los años transcurridos ella es una de las pocas sobrevivientes del Holocausto que sigue contando su historia; de modo que fue un verdadero privilegio escucharla en la sala de su casa, en Jerusalén, donde nos recibió con galletas y café. Por todos lados hay fotos, muchas fotos de Rina, su esposo, sus hijos, nietos y bisnietos, fotos de muchos momentos vividos, de encuentros, de eventos, de su regreso a Polonia, el lugar donde perdió a su familia, desde donde salió huérfana y con una pequeña foto de ellos entre sus manos, que luego fue a dar a la basura tras la orden de un militar.
El relato de esta mujer encantadora se completó con la visita al Museo de la Historia del Holocausto, en otro sector de la ciudad. Unas instalaciones potentes donde la arquitectura es parte fundamental del guion museográfico. La última imagen que recuerdo del recorrido es la de una retroexcavadora arrastrando montones de delgadísimos cadáveres de mujeres desnudas que seguramente murieron de hambre en los campos de concentración, hacia una fosa común, como si se tratara solo de arena.
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