
La mayoría de los presidentes, además del propósito de administrar bien el país, siempre llevan en su corazoncito un gran sueño, que es al que le asignan sus desvelos, sus mayores energías y sus recónditas ilusiones. Es esa meta con la que esperan pasar a la historia. Esa obsesión, desafortunadamente, es también la que generalmente los lleva a cometer sus peores equivocaciones.
Aunque las reformas sociales se han robado el show en los primeros diez meses de gobierno, al examinar las actitudes, los discursos y los tuits del primer mandatario salta a la vista que la paz total es la presea dorada con la que Petro quisiera coronar su mandato. Anhelar fervientemente la paz no es un pecado, quizás es más bien una virtud. Sin embargo, al hacer explícito que todo su futuro político y su lugar en la historia dependen de mostrar resultados que se puedan percibir como avances hacia la paz, Petro le ha otorgado un poder negociador inmenso a la guerrilla y al crimen organizado.
En este contexto las negociaciones con el ELN son el mejor ejemplo. El “Cese al Fuego de Carácter Bilateral Nacional y Temporal (CFBNT)” que se firmó en La Habana con la presencia del presidente Petro, esconde uno de los más graves golpes en décadas a la seguridad nacional. Las concesiones que otorgó el gobierno en ese acuerdo desembocarán en un muy corto plazo en un fortalecimiento sin precedentes en la historia de esa organización guerrillera.
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