
Que si la plaza de Bolívar en Bogotá se llenó; que si, por el contrario, las fotos muestran ángulos con ese escenario casi vacío; que si la marcha a favor del Gobierno fue mejor o que definitivamente la manifestación de la oposición fue un éxito total. En esas discusiones ridículas no nos deberíamos concentrar, lo que pasó este martes en Colombia no puede convertirse en un simple balance de quién saca más gente a la calle.
Es por eso que una lectura responsable de los hechos es aquella que entiende que hay un sector de la población que quiere hablar y que es necesaria una absoluta disposición del Gobierno para escuchar. En años anteriores, en administraciones anteriores, la regla era hacer oídos sordos ante el clamor de quienes salían a marchar, que hasta eran reprimidos por hacerlo y, por eso, es importante que ahora sí se atiendan los legítimos reclamos que retumban en las principales avenidas del país.
El presidente Gustavo Petro es un hombre inteligente, pero también es un mandatario terco y obstinado. Esa terquedad y el creer que está haciendo todo bien no le puede nublar su perspectiva y menos le puede impedir comprender lo que los colombianos -votantes o no de su proyecto político– están pidiendo.
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