
Nada más inquietante que el andamiaje de la ficción puesto al servicio de una construcción de la verdad que intenta desafiar el curso de los acontecimientos para defender el estatus. “La conspiración es obvia”, dicen algunos. “Las motivaciones están claras: se trató de un gesto irracional para procurarse fama”, piensan con el deseo. Las conclusiones son evidentes: “el culpable sólo puede ser él, pues “quien la debe, la teme”. Es fácil concluir quién es el responsable de eso que no podemos conocer cuando alguien da la cara públicamente y quienes tienen la verdadera responsabilidad se esconden como sepias en las algas. Se conectan hechos al antojo. Y se condena en privado, para ir allanando el camino de una sentencia que opera, también, en privado.
La tarde del martes 24 de marzo de 1981 Mercedes Barcha salió a hacer el mercado, pues había poco en su despensa. En casa, su pareja, el escritor Gabriel García Márquez se quedó sentado en su escritorio mientras redactaba un texto sobre el rompimiento de las relaciones de Colombia con Cuba que publicaría al día siguiente en el diario El Espectador. Un cargamento con armas del M-19 había sido capturado en las costas del Pacífico colombiano. La represión del gobierno de Julio César Turbay Ayala llevaba tres años de sangría. Miles de personas habían sido torturadas, perseguidas, interrogadas y apresadas. Entonces sonó el teléfono. García Márquez se apresuró a contestar. Una voz anónima le escupió: “Tenga cuidado, están convencidos de que usted está enredado con el lío de las armas del M-19”. García Márquez estaba acostumbrado a que la pequeña sociedad arribista colombiana se ensañara contra él. Sabía que su decidido apoyo a proyectos de izquierda le había granjeado el odio visceral de quienes consideraban que era un aliado del proyecto de Fidel Castro, en Cuba, y de Omar Torrijos, en Panamá. Se sentó de nuevo. Pero el teléfono volvió a sonar: “Esté alerta porque hay una orden de detención contra usted por su vinculación con el M-19”. A la tercera llamada se preocupó de veras. Tres fuentes le confirmaban lo que se decía desde hacía meses y que ya le había costado una detención arbitraria al poeta Luis Vidales, en 1979, liberado meses después gracias a una gran presión nacional e internacional. A esas tres llamadas se sumó una más: dicen que el periodista Iader Giraldo y el editor José Vicente Katarain –nadie puede confirmarlo– fueron hasta su apartamento. “Te van a interrogar”, le dijeron. En un artículo aparecido dos semanas después García Márquez escribió: “El 23 de marzo, después de una cena presidencial, un alto oficial del ejército la comentó con más detalles. Entre otras cosas dijo: «El general Forero Delgadillo tendrá el gusto de ver a García Márquez en su oficina, pues tiene algunas preguntas que hacerle en relación con el M-19»”. Al regreso de Mercedes, García Márquez le pidió que empacaran una maleta y se dirigieran a la Embajada de México. Necesitaba protección, no asilo, pues vivía en México desde hacía 22 años y sus hijos habían nacido allí. Al día siguiente, tras una noche intranquila, tomó un avión.
García Márquez era un escritor leído y admirado mundialmente. La noticia se esparció como un globo sin nudo.
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