
José Luis nos contó que, cuando ya culminaba sus estudios de posgrado, mientras avanzaba en una investigación sobre vitiligo, uno de los colegas comentó que estaba bien esta enfermedad para las personas afro, porque así quedarían blancos de una vez y no tendrían que hacerse tantas cosas, como Michael Jackson.
Por experiencias como esta y tantas otras que ha visto en su labor como epidemiólogo, aunque es un hombre blanco-mestizo, José Luis afirma que efectivamente las salas de enfermería y los recintos hospitalarios han sido lugares llenos de prácticas racistas.
No hablamos del reconocido racismo científico, sus múltiples formas y manifestaciones, que sembraron las ideas de diferencias genéticas que se traducían en habilidades para justificar la esclavización. Esta forma de racismo se basó en demostrar, vía pseudociencia, que los africanos y sus descendientes teníamos menores capacidades intelectuales, más resistencia, capacidad de trabajo, más libido y mucha más rebeldía; con el ánimo de explicar por qué era válido el sometimiento a los trabajos forzados, la necesidad de “domarnos” y la pertinencia de los abusos sexuales, entre muchas otras prácticas deplorables. Si bien hoy sabemos que no hay tales diferencias, la difusión permanente de estas ideas durante siglos, ha incidido en el racismo interpersonal y cotidiano que abunda en la actualidad.
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