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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Cuando pase el temblor

Hace unos días tembló. Tembló en Colombia y en varios países en horas posteriores. Fue muy fuerte e intenso el movimiento sísmico de 6.1 de magnitud en la escala de Richter. Me encontraba en ese instante en el segundo piso de un edificio centenario que se sacudió como si estuviera hecho de balso y cartón paja. Pensé en los libros en las partes altas de las estanterías cayendo como los equipajes de los compartimentos superiores cuando un avión va en picada hacia el vacío. Después vinieron las réplicas y, con ellas, la sensación durante varios días de que todo se movía.

“Es difícil vivir en una casa que se mueve” es un verso emblemático del poeta cubano Omar Pérez que se volvió en un pregón popular de la generación de artistas nacidos en la década de los sesenta en Cuba durante los años del Periodo especial en tiempos de paz, luego del colapso de la Unión Soviética. Y sí, es muy difícil vivir no solo en una casa que se mueve como un lego de fichas incompletas sino en una sociedad en escombros en sus estructuras sociales, políticas, morales y éticas.

Sabemos bien que el calentamiento global, las constantes perforaciones a la superficie terrestre, las erupciones volcánicas, los desplazamientos tectónicos, el uso masivo de diferentes medios de transporte y nuestro modo de vida en la era del consumo hacen que la Tierra tiemble con mayor frecuencia. La realidad es que no solo el planeta sino nuestra sociedad está llena de grietas y fisuras y, de alguna forma todos, estamos viviendo en una de esas grietas agarrados a algún borde para no caer al precipicio.

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