
Pablo Restrepo, aquel niño de diez años, que protagoniza la novela Todo pasa pronto (2007), dice en algún conmovedor pasaje del libro: “Papá está detrás de una ventana y por más que quiera saludarlo no puedo hacerlo, es un reflejo, está detrás de un espejo. Yo me empeño en recordar a papá diciéndome adiós cada vez que el barco de mis cinco años pasaba a su lado y él sonreía mientras leía su periódico que se batía al viento como un velero, como un ringlete, una cometa o un pájaro de origami”. Ese adiós bien podría ser un pequeño símbolo de una generación que creció entre adioses y desprendimientos. Es también el recuerdo de una infancia en la década de los setenta, de un hijo de las grandes rabias y entusiasmos y, de igual forma, de las profundas decepciones y desencantos, cuyos padres soñaron con hacer la revolución al mismo tiempo en que se desmoronaban el hogar, el país y el mundo. “Lo primero que se perdió fue la infancia”, nos recordaría el poeta Mario Rivero en su inolvidable Balada de las cosas perdidas reafirmando, de alguna forma, que ser colombiano es tener conciencia de que nos arrebaten la inocencia a golpes y muchas veces con violencia. De esas primeras pérdidas nos habla no solo este libro sino otros dos que aparecieron posteriormente El barro y el silencio (2010) y Casi nunca es tarde (2013). El autor de estos tres libros es Juan David Correa Ulloa, quien además de ser un escritor indispensable para comprender el talante de una generación, ha sido un periodista, editor y gestor cultural, siempre comprometido con poner la lupa en una tradición literaria que ha sabido trazar unas rutas y unos mapas que nos han identificado como nación, con sus luces y fracturas.
Si en Todo pasa pronto Pablo pierde los sueños y la inocencia con la separación de los padres en la década de los setenta, en pleno Estatuto de seguridad, en El barro y el silencio el asunto central es la pérdida de los abuelos en la tragedia de Armero en noviembre de 1985, y en Casi nunca es tarde los personajes Rafa y Juan, amigos del colegio, Amanda y Agustina, sus respectivas madres, los detectives Lizarazo, López y Olimpo y la reconocida familia Manzini, nos recuerdan que la historia de Colombia se puede leer en clave de novela negra, esta vez bajo el telón de fondo de la bomba contra el edificio de DAS en 1989, quizás uno de los peores años de la historia reciente del país. Los tres libros se pueden leer cronológicamente como una trilogía de una década o como una crónica de unos años de confusión, marcados por el signo de la muerte. Son los relatos de lo que significó ser joven en una época llena de miedo y estruendos de bombas y atentados.
De alguna forma siempre intuí que la soledad de Pablo Restrepo interpreta la orfandad de todos y nos recuerda, una vez más, la gran parábola de la soledad que ha estado presente no solo en nuestra literatura sino en el destino mismo de nuestra nación. Porque Colombia es el país de padres lejanos o ausentes, o porque abandonaron sus hogares, o porque fueron asesinados o desaparecidos. De aquella orfandad somos hijos y de la pérdida y la postergación de sueños se ha forjado un carácter de país. Aquellos padres y madres que vivieron el furor de los años sesenta fueron testigos también de la caída de las utopías. A su vez, ellos eran hijos del 9 de abril y del Frente Nacional, de la generación de Mito y de la Revolución cubana. Había suficientes motivos para creer y para la algarabía. Sus hijos vieron morir en esa década a las figuras que encarnaban aquella ilusión: Rodrigo Lara Bonilla, Alfonso Reyes Echandía, Jaime Pardo Leal, José Antequera, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro entre tantos otros. Eran el sueño y la ceniza como signos de un destino trágico.
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