
Hugo Renato Fernández y Lucy González trabajaban en el corazón de la “Zona de Carbón” en la ciudad de Coronel al sur de Chile. Él dirigía una escuela en un antiguo barrio de invasión que Salvador Allende había legalizado y ella sembraba el amor por el conocimiento a los niños en una escuela primaria en otro barrio popular de la ciudad. Ambos militaban en el Partido Socialista y eran parte de la Brigada Socialista de Profesores que hacía parte de SUTE (Sindicato Único de Trabajadores de la Educación). El martes 11 de septiembre de 1973 se celebraba el Dia del Maestro y Lucy preparaba una ollada de espaguetis para atender a algunos compañeros profesores. Eran días muy tensos y de mucha incertidumbre, sobre todo después del llamado “Tanquetazo”, intento de golpe que había fracasado dos meses antes. Tres semanas atrás de aquel fatídico11 de septiembre el general Prats renunció a su cargo de comandante en jefe del Ejército y había recomendado como su sucesor a Augusto Pinochet, general de bajo perfil y de mediocres calificaciones académicas, pero de mucha ascendencia en la tropa y quien había dado muestras de lealtad al gobierno de la Unidad Popular.

Las ondas de Radio del Carbón trajeron las peores noticias y hacia el medio día era una certeza la traición y el golpe. Ya Salvador Allende había pronunciado por Radio Magallanes (la única emisora que no había sido bombardeada) sus últimas palabras: “Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Viva los trabajadores!”. Al poeta Pablo Neruda no le habían querido contar nada esa mañana, pero fue imposible controlar la información. Un amigo quiso tranquilizarlo minimizando la situación a lo que el poeta respondió “Es el fascismo. Ha llegado el fascismo”. Pinochet declaraba a Radio Franco Luxemburguesa: “Pablo Neruda no está muerto y es libre (…) respeto al poeta, premio nobel de literatura, a quien todos amamos, pues es un valor nacional”. El poeta, quien muere doce días después, según las recientes investigaciones, envenenado por una bacteria letal que se habría sido inyectada por orden del régimen, se iba a volver una figura incómoda para la naciente dictadura. En el exilio sería un símbolo de resistencia indiscutible y dentro del país un opositor molesto y a la vez intocable que supondría tener a los ojos del mundo vigilantes custodiándolo.
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