
Aprendí a leer con los periódicos. Recuerdo bien deletrear algunos titulares que por el tamaño de su fuente tipográfica resultaban mucho más fáciles para combinar las palabras. También recortaba algunas de sus noticias para hacer tareas del colegio y construir las primeras frases sobre cartulinas. “Cosas del día”, en la segunda página de El Tiempo, es la frase más antigua que guardo en mi memoria y desde entonces las yemas de los dedos quedaban manchadas de las tintas de las rotativas. Amaba la cartelera de los cines y las revistas que venían insertas, en especial los suplementos literarios. El domingo era un día importante. Antes de las seis de la mañana sentía, aún entre dormido, deslizar por debajo de la puerta de la casa los periódicos capitalinos. Y ahí arrancaba el plan de la mañana. Mientras mi padre le daba prioridad a leer los suplementos, yo me sumergía en las páginas de los cómics. Así me conmovía con las viñetas de Mandrake el mago, Lorenzo y Pepita, Calvin y Hobbes y en un nivel de mayor complejidad Boogie el aceitoso del gran Roberto Fontanarrosa y Ferd’nand, (mi favorita) una pantomima danesa que no tenía globos de diálogos donde solo aparecían cuatro personajes: Ferd’nand, la esposa, el hijo y el perro. Esta tira cómica exaltaba la complicidad afectiva entre el padre y el hijo, que era como un pequeño clon.
Horas después el plan con mi padre se prolongaba a la caseta amarilla de la calle 53 con carrera 26 en el antiguo barrio Sears donde llegaban hacía el mediodía los periódicos de otras ciudades del país. En la panificadora Michel continuaba el ritual del domingo de revisar las novedades de los suplementos y las separatas de las historietas.
Años después comprendí, cuando empezaron a desaparecer algunos de esos suplementos, que era allí, antes de la era de la informática y del internet, donde se iniciaban las conversaciones entre los escritores, académicos e intelectuales del país. A través de esas páginas, donde se comenzaron a publicar muchos autores y escritoras que hoy son canónicos en la historia cultural de Colombia, se daban a conocer los primeros cuentos, poemas, crónicas y ensayos que contribuyeron a construir la memoria de la nación. En aquella panificadora veía el entusiasmo de mi padre ante un nuevo cuento de Oscar Collazos, Ramón Illán Bacca o Roberto Burgos, o un poema inédito de Giovanni Quessep y Elkin Restrepo, o ante una reseña sobre Alba Lucía Ángel, Marvel Moreno o Fanny Buitrago o una crónica de Umberto Valverde o un ensayo de Fernando Cruz Kronfly. Esas páginas los acercaban en un país dividido y fracturado entre el centro y las regiones. Todas aquellas noticias literarias eran motivo de tertulia durante la semana con sus amigos Germán Espinosa, Manuel Zapata Olivella o Juan Gustavo Cobo Borda porque los suplementos también eran el lugar del debate y la controversia y eran llamativos sus formatos editoriales, tabloide o cuadernillo, que los hacía coleccionables para el futuro con un alcance nacional que llegaba a los profundos rincones del país.
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