
Todo cambio de año es una promesa de inicios de nuevos ciclos y etapas y, por fortuna, tenemos esta fecha como un augurio de que algo mejor llegará en medio de las diarias dificultades y problemas cotidianos que delimitan las coordenadas de nuestras vidas. Los más escépticos comparten mensajes recordando que tan solo se cumple el periodo de traslación terrestre. Se reanuda esa traslación, pero todo continua igual nos insisten con cierta ironía. Los astrólogos hacen sus predicciones mirando el mapa de las estrellas e interpretan con detalle el movimiento de los planetas y su influencia en cada uno de los signos y, de alguna forma, buscamos en el futuro inmediato algunas respuestas esenciales sobre el presente y el porvenir. Los agüeros, que vienen como herencia ancestral y de nuestra genealogía, hacen parte de la fiesta y comemos uvas, nos ponemos ropa interior amarilla, llevamos dinero en los bolsillos, llenamos la casa de espigas y lentejas, damos la vuelta a la manzana con la maleta, disponemos de los objetos según indica el Feng Shui y nos refugiamos en todos los rituales posibles que convoquen la mejor energía para la prosperidad y el éxito. Escépticos o creyentes sabemos que no perdemos nada y, a lo mejor, ganamos todo. Es la ruleta del éxito y de la vida.
Ayer me llegó un meme en el que el año 2024 estaba en el diván del psicoanalista y le decía -Tan solo soy un número y todos tienen tantas expectativas de felicidad puestas en mí-. Ya pasaron los balances, listados, escalafones y conclusiones sobre el año que pasó. Los medios ya hicieron sus resúmenes que poco varían cada año porque traen, por lo general, los mismos asuntos solo que en diferentes latitudes y momentos. Al igual que el año pasado, que hace diez años y que hace veinte años esos resúmenes mostraron guerras, tragedias, desplazamientos, protestas, surgimientos de nuevos líderes, fallecimientos de personajes, novedades musicales y logros deportivos. Quizás el evento que se diferencia de todos los anteriores es el que termina convirtiéndose en el punto de inflexión de un momento histórico.
De esos cierres y balances me dan particular tristeza los balances de aquellos que nos dejaron. Suele pasar en estos finales de cada año. También es la prueba concreta del paso puntual del calendario, así como cuando ya empezamos a reconocernos en los eventos de la sección Hace 25 años o Hace 50 años. Este año se llevó a varios amigos y maestros cercanos como el universal Fernando Botero, el cronista y gestor cultural Heriberto Fiorillo, la poeta y “Mamá grande de las letras colombianas” Maruja Vieira, el joven escritor Karim Ganem Maloof y la periodista Cultural Olguita -como le decíamos sus amigos– Martínez Ante entre otros. Se llevó también a Milán Kundera sin que le dieran el Premio Nobel de Literatura y al ganador del premio Cervantes de 1999 Jorge Edwards de quien leí este año una bella novela Oh Maligna que recrea los días de Pablo Neruda en Rangún en 1927 y su relación con Josie Bliss a quien el poeta chileno le dedicó uno de los más conmovedores poemas de desamor de la lengua española Tango del viudo. A propósito de Neruda nos dice en su poema Oda al primer día del año que “Día / del año / nuevo, / día eléctrico, fresco, / todas / las hojas salen verdes / del / tronco de tu tiempo”. De ese tronco del tiempo de todos del que vienen estas celebraciones es que recibimos con aire de optimismo en esta fecha
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La poeta polaca Wislwa Szymborska contradice a los que dicen que mañana todo será igual: “Nada sucede dos veces / ni va a suceder, por eso / sin experiencia nacemos, / sin rutina moriremos. // En esta escuela del mundo / ni siendo malos alumnos / repetiremos un año, / un invierno, un verano”. Quizás Julio Cortázar nos lleva a la cotidianidad en su poema Después de las fiestas cuando dice que “Y cuando todo el mundo se iba / y nos quedábamos los dos / entre vasos vacíos y ceniceros sucios, / qué hermoso era saber que estabas / ahí como un remanso, / sola conmigo al borde de la noche, / y que durabas, eras más que el tiempo”. Ese tiempo “el implacable, el que pasó” como diría Pablo Milanés nos vuelve a poner a todos frente a un año bisiesto en el que se computan las seis horas adicionales a esos 365 días de la vuelta al sol que quedan sueltas y nos regala un día adicional en febrero. Ese año bisiesto con todas sus leyendas y supersticiones, con todos sus pronósticos y augurios es el que debemos enfrentar con los instrumentos y herramientas con que hemos enfrentado y recibido otros años, sean pares, impares, primos. Hemos enfrentado cambios de décadas, de siglo, de milenio y sobrevivimos a profecías mayas sobre el fin del mundo.
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