
Winston Churchill afirmó que el problema que tenían muchos líderes era que estaban más interesados en figurar que en servir. Pienso que esa afirmación es aplicable a la Colombia de hoy, y es una de las principales razones por la que el país se encuentra sumido en la polarización, la incertidumbre y la desconfianza. Todo lo cual le hace mucho daño a la democracia, a la economía y a la calidad de vida cotidiana – los ciudadanos pagamos los platos rotos de la batalla entre los egos de los hombres y mujeres que luchan por el poder.
Los dos principales Talones de Aquiles de los líderes son la falta de integridad y la arrogancia. La integridad, concebida como el estricto apego a la ley, un comportamiento ético impecable ( “Que cada uno de tus actos sea digno de un bello recuerdo” – exige uno de los imperativos morales de Kant), y la coherencia entre lo que se piensa, se siente y se hace. En cuanto a la arrogancia, es esa autoestima excesiva que hace creer a los líderes que son seres superiores cuyas ideas no admiten discusión y mucho menos transformación.
Dos observaciones relacionadas con estas graves fallas : la corrupción de muchos de los que lideran va in crescendo, mientras las autoridades son incapaces de evitarla o sancionarla, siendo cómplices en no pocos casos. En mis frecuentes viajes a diversas regiones de Colombia, a lo largo de los años registro con enorme tristeza y preocupación cómo el acceso al poder ha ido dejando de ser un medio para servir – Liderar es servir – y se ha convertido en un camino fácil para el enriquecimiento personal.
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