
Un líder que señala culpables de su fracaso difícilmente triunfará. Cambiar y mejorar es posible, pero requiere esfuerzo y autocrítica.
En empresas y gobiernos, a menudo emerge una figura controvertida: el jefe que, en lugar de guiar con sabiduría, culpa a sus subalternos por fracasos propios. Este tipo de liderazgo, arraigado en algunos rincones del mundo corporativo y del gobierno, es una reliquia de un pasado que ya no responde a las necesidades de un entorno empresarial y de gobierno dinámico, colaborativo, responsable y coherente.
Este tipo de líderes se caracterizan por una marcada tendencia a evitar su propia responsabilidad ante sus fracasos y desviarla hacia sus subalternos, mostrando una notable ausencia de introspección y autoevaluación, así como de madurez y de conocimiento administrativo y de liderazgo.
Además, suelen adoptar una comunicación unilateral, tomar decisiones autocráticas y desarrollan un enfoque punitivo ante los errores, ignorando cómo estas prácticas deterioran la moral y productividad del equipo, y generan un clima laboral hostil, desmotivador e improductivo. Un círculo vicioso inevitable y que se amplifica con el pasar del tiempo.
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