
En Colombia es común no asumir errores y mucho menos responsabilidades políticas. Desde que Pierre García fue acusado de ser una de las fichas clave del entramado de corrupción conocido como ‘Las Marionetas’, todos los que en el pasado lo rodearon, elogiaron y hasta homenajearon, se han lavado descaradamente las manos.
El exdirector del Departamento de Prosperidad Social (DPS), fue imputado por los delitos de concierto para delinquir agravado e interés indebido en la celebración de contratos. Según la Fiscalía, García habría direccionado de forma irregular la celebración de un contrato por 48.660 millones de pesos, suscrito entre Proyecta Quindío y el DPS, así como otros 27 proyectos, con el fin de financiar obras de infraestructura en Quindío, Valle del Cauca y Tolima. Todo esto habría sucedido por orden de un grupo de congresistas, entre los que están Mario Castaño –que fue condenado a 16 años de prisión y falleció hace unos meses– y el senador del Centro Democrático Ciro Ramírez, hoy capturado por el mismo caso.
Lo sorprendente del asunto es que Pierre García, que, al parecer, cumplía un papel determinante en el entramado corrupto, salió como uno de los funcionarios más condecorados del gobierno de Iván Duque. Sin embargo, hoy el expresidente guarda silencio. Tal vez hay que refrescarle la memoria –como a la mayoría de políticos de este país– y recordarle que, faltando cuatro días para dejar su mandato, le entregó a García la Orden Nacional al Mérito por “ayudar a construir un mejor país con esfuerzo, transparencia, excelencia y dedicación”.
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