
El señor ministro de la Defensa anunció recientemente que se va a seguir adelante con la compra de aeronaves para la Fuerza Aérea Colombiana. Al comienzo del gobierno, después de que el recientemente posesionado presidente Petro posara de “Top Gun” en un vetusto Kfir, se anunció con bombos y platillos que estrenaríamos una nueva flotilla de flamantes jets para defender la integridad territorial del país.
La reacción no se hizo esperar. No fue solamente la oposición la que puso el grito en el cielo. También miembros del Pacto Histórico criticaron el anuncio. Ante las inmensas necesidades sociales, que en teoría resolvería la llegada de Petro al poder, sonaba bastante incoherente asignarle una buena tajada de los recursos públicos a la compra de armamento cuya utilidad para los desafíos reales de la seguridad nacional es bastante discutible.
Sin duda los aviones de combate que tiene Colombia son insuficientes, obsoletos y peligrosos. Están a punto de quedar inservibles. Nadie discute eso y es obligación del comandante de dicha fuerza abogar con todos los argumentos para que se reconozca esa situación y se enmiende. Nadie discute la necesidad de cambiar la flota de combate aéreo del país. El tema es otro. ¿Por qué ahora?
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