
Si uno se atiene a la pasión, el llanto, la euforia y hasta la agresividad que generan las victorias y las derrotas de nuestra selección de fútbol nadie dudaría que en la inmensa mayoría de los colombianos reside un arraigado sentimiento de pertenencia a una nación. Sin embargo, cuando se ve que un grupo de ciudadanos se moviliza impunemente para impedir que las Fuerzas Armadas impongan la ley sobre un grupo terrorista, o que un puñado de personajes oscuros tienen éxito en evitar la protección de los páramos que proveen el agua a millones de compatriotas, es inevitable preguntarse si efectivamente Colombia es una nación de verdad o simplemente una camiseta.
Son muchos los autores que han señalado el hecho de que las características territoriales, sociológicas y las del mismo proceso de conformación nacional de Colombia han creado una propensión estructural que impulsa poderosas fuerzas centrífugas que debilitan la fortaleza y vigencia del Estado-Nación. Desde la geografía y la diversidad regional, hasta la debilidad institucional, el crimen organizado y la corrupción, son factores que combinados han llevado desde siempre a que el Estado siempre esté a la defensiva.
Sin duda se trata de un tire y afloje histórico donde se combinan concesiones para acomodar las fuerzas centrífugas con frenos institucionales y políticos para impedir la disolución de la república o la pérdida de la legitimidad y la integridad territorial. Aun así, no pocas veces el país ha caminado por el filo de la navaja arriesgando su condición de nación unitaria y soberana.
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