
Hace unas semanas en el Festival de las Ideas convocado por el Grupo Prisa en Villa de Leyva se discutió, entre otros temas, sobre la actualidad política, institucional y social, el liderazgo, la economía del país y el Acuerdo Nacional propuesto por el ministro Juan Fernando Cristo. Frente a los desafíos surge uno que me llama la atención: ¿Cómo entender el papel que juegan las emociones políticas frente a la desesperanza, la polarización y la desconfianza que sentimos muchos en el país? ¿Cómo imaginar un futuro en el que la sociedad sea un poco más incluyente y respetuosa con las opiniones de los otros? Las emociones y la educación van de la mano.
Para Martha Nussbaum todas las sociedades están llenas de emociones. “El relato de cualquier jornada o de cualquier semana en la vida de una democracia (incluso de las relativamente estables) estaría salpicado de un buen ramillete de emociones: ira, miedo, simpatía, asco, envidia, culpa, aflicción y múltiples formas de amor”. Estas emociones, aunque son individuales pueden ser inspiradas por la acción política, o por el gobernante de turno, o por sus seguidores y sus detractores. Una sociedad que busca la justicia y la igualdad, debe cultivar la política de las emociones mediante dos grandes estrategias: 1) la generación y el compromiso frente a proyectos que requieran de esfuerzo como la redistribución social y la inclusión y 2) mantener bajo control las fuerzas que privilegian el “yo”, denigrando y subordinando al “otro”. Las dos tareas requieren del trabajo educativo. De manera similar, John Rawls considera que una sociedad está “bien ordenada” si cuenta con instituciones que permitan el ejercicio de la libertad de sus ciudadanos, y crean las condiciones para maximizar la situación de quienes están en las peores condiciones (maximin). Las emociones, que se alimentan en la familia, requieren que la escuela y la sociedad participen de esa formación. Las emociones no solamente expresan la visión individual de la realidad, sino también las relaciones con el otro, a través de la empatía y el afecto.
En Colombia vivimos un momento político en el que las emociones en muchas ocasiones se guían por el odio y la destrucción del otro, en el que las banderas de la redistribución y la inclusión no son una causa común y, por el contrario, se han convertido en la forma de dividir y generar profundas fisuras en la sociedad. Las instituciones son débiles, y la gestión del gobierno genera desilusión y desesperanza. ¿Por qué no trabajar entonces las emociones políticas desde el amor de la familia y la escuela?
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