
El presidente Petro tiene varias manías que se trasladan de inmediato a los funcionarios de menor rango dentro de su gobierno. Una de las más enfermizas es echarle la culpa de todo lo que sale mal –y muchas cosas están saliendo mal- a alguien del pasado; sin asumir ninguna responsabilidad propia del presente.
El espejo retrovisor es útil solo si se le maneja con prudencia y cuando es indispensable. Pero si se convierte en un arma arrojadiza para golpear a todo el mundo y se ignora la ventana panorámica que está delante, el conductor está llamado a estrellarse.
Esto es precisamente lo que le está sucediendo a Petro: de tanto utilizar el espejo retrovisor con imágenes distorsionadas o inventadas ha terminado por perder toda capacidad para reconocer las falencias de su gobierno que va de tumbo en tumbo.
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