
El pasado martes 19 de noviembre se pronunciaron dos discursos memorables que escarbaron más allá de las heridas de todos: el de Piedad Bonnett al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en Salamanca y el de Jesús Abad Colorado al aceptar el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en reconocimiento a una vida y una obra. Fueron dos discursos inspiradores que evocaron la importancia de poner nombres exactos a las ausencias y las cicatrices para que sea la memoria la encargada de trazar la identidad de una sociedad que pareciera cada vez olvidar más rápido. La poesía y la fotografía son artes cercanas y comparten la capacidad de capturar y transmitir lo esencial de un instante. Ambas buscan atrapar lo fugaz, lo irrepetible e invitan a redescubrir nuevas formas de mirar. Eso lo saben Piedad y Jesús Abad quienes han detenido para siempre momentos, rostros, voces y han traducido el dolor humano en postales de asombro y esperanza.
Piedad destacó en su discurso la soledad como origen y destino de la poesía y de cómo se convierte en el núcleo de su visión del mundo. No duda ni un instante en decirnos que parte de la ética de la poesía es que amplía los límites de nuestra sensibilidad para convertirse en un acto de resistencia frente a la banalidad, la mentira y la rapidez. Su discurso puso en evidencia cómo la poesía denuncia las múltiples formas de soledad: la de los ancianos olvidados, los migrantes rechazados, las mujeres silenciadas y así también renueva nuestra relación con el lenguaje y la belleza para encontrar de una vez y para siempre una forma de reafirmar su fe en lo humano. Al final, al leer el poema En el borde y al recordar a su hijo Daniel, a la poeta se le quebró la voz. Era una prueba adicional de la forma en que la poesía acompaña nuestra fragilidad y nos devuelve mucho de lo que nos hermana como humanidad. La poesía como vehículo para enfrentar los grandes desafíos y preguntas de nuestro tiempo, así estemos al borde del abismo.
Por su parte Jesús Abad fue reconocido con el premio Simón Bolívar vida y obra entre otras cosas porque, en palabras del jurado, “sus fotos no solo retratan víctimas y paisajes del horror ni se limitan al recuento triste de los sucesos más desgarradores del país, también constituyen un testimonio fundamental de memoria en el que se asoma la esperanza”. Su discurso fue, ante todo, un homenaje a las víctimas del conflicto en Colombia que han protagonizado sus fotografías a lo largo de su carrera. Enfatizó, mostrando sus imágenes, cada uno de sus nombres para que no caigan nunca en el olvido. Su labor ha sido siempre la de darles un rostro verdadero y por eso su recorrido por toda la geografía nacional le ha permitido trazar el mapa sin matices de un país que él ha sabido documentar desde la tragedia y la herida. Sus lesiones en los hombros y las rodillas consecuencia de cargar cámaras mientras atraviesa la ancha geografía nacional no son nada ante la satisfacción de poder darle una narrativa a las heridas abiertas del país. Por eso en su discurso subrayó que no es posible transformar un país mientras a los niños se les uniforma y se les cuelga un fusil. Por ejemplo, Jesús Abad recordó, entre otros, a sus abuelos asesinados y narró la historia de Miguel Arturo Valencia Cardona y su hermana Luz Estela, asesinados por milicias de las Farc. Su discurso fue no solo un homenaje a las víctimas, sino también un llamado a la responsabilidad del periodismo para construir una Colombia más justa y con memoria de su relato histórico y violento.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios












