
Algunas veces, las mejores vacaciones son pasar unos días en casa sin tener agenda. Alguna que fije las prisas y afanes del momento. Suele pasar que, luego de un año de arduo trabajo, todo culmina con unas vacaciones familiares que entre la convivencia y la logística de organización del día a día terminan convertidas en un verdadero infierno. Sabemos bien que poner de acuerdo a varias generaciones en torno a unos intereses y unas prioridades no es tarea fácil, pero es un pretexto para compartir en familia o con amigos unos días de asueto.
Sin embargo, no todo esto termina con final feliz y a veces son más los dolores y nudos de estrés que se adquieren durante las vacaciones que durante los meses laborales. Por ejemplo, hay miembros de una familia que quieren levantarse tarde a leer o a escuchar música, mientras hay otros con vocación de activistas y recreacionistas que no quieren desaprovechar ni un minuto de un viaje: “Vino a dormir en euros”, suelen decirles a quienes no estén listos para una maratón de museos, monumentos y palacios en un determinado día.
En mi caso, con el paso de los años, he venido confirmando que mis mejores vacaciones son permanecer en casa, sobre todo, sin agenda. No tener una agenda que nos ate o predisponga a compromisos y actividades que normalmente tenemos durante el año. Las agendas y calendarios son la brújula de la existencia y, para bien o para mal, nuestras vidas se reducen cada vez más a las agendas y alarmas, a los compromisos laborales o familiares que delimitan nuestro primer anillo de relaciones sociales. A diferencia de la infancia en la que uno esperaba que llegaran las vacaciones para concretar una bitácora de actividades, ahora lo que menos quiero es tener compromisos. En esos días aprovecho para dormir más, leer, ponerme al día en series o películas o encontrarme, si bien se nos antoja a las partes incluidas, con los amigos que no solemos ver durante el tiempo laboral. Pero que esto sea por elección y no por imposición.
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