
El hundimiento de la reforma tributaria es prueba de que el Congreso ya no respalda propuestas mal sustentadas técnica y políticamente, enviando un mensaje claro al Gobierno sobre la necesidad de mayor rigor y coherencia.
Por: Luis Alberto Arango
Han pasado más de cuatro meses desde el 9 de agosto de 2024, cuando, en un foro sobre reactivación económica en Manizales, el Gobierno se comprometió a presentar, en seis semanas, una hoja de ruta para la reactivación de la economía del país. Hoy, ese plazo se ha triplicado y seguimos sin noticias. En lugar de concentrarse en cumplir su promesa, el Gobierno ha preferido desviar la atención hacia el Congreso, acusándolo de afectar la reactivación tras el hundimiento de su reforma tributaria. Resulta paradójico que culpen al Legislativo por sus males, mientras siguen sin presentar la hoja de ruta que prometieron en la capital de Caldas.
En lugar de asumir con responsabilidad el fracaso de su reforma, el Gobierno ha preferido desviar la atención culpando a terceros, esquivando una autocrítica que resulta más necesaria que nunca. Persiste en ignorar sus propios excesos en el gasto público, los errores en sus decisiones económicas y las falencias evidentes de la reforma, eligiendo en su lugar atacar a quienes no los aplauden a pie juntilla.
“Ese aparente ‘dulce’ de la reducción en la tasa de tributación escondía un veneno…”
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