
En la columna pasada invité a felicitar y a valorar algunos esfuerzos maravillosos de nuestras comunidades educativas. Sus ejemplos son inspiradores y reafirman el poder transformador de la educación. Nos dan esperanza y permiten afirmar que muchas de las comunidades del país pasaron el año y se graduaron con honores. Hoy invito a reflexionar sobre lo que deja este año para la educación y las perspectivas para 2025.
Ha sido un año largo y lento que, al igual que en la obra de Marcel Proust, está cargado de hechos que evocan recuerdos de lo perdido, sueños frustrados y una superposición de dimensiones temporales: la del Gobierno, que conjuga la lentitud de la ejecución con la fugacidad de sus discursos en redes sociales, y la del país real, con la urgencia de atender los problemas del día a día y, además, pensar la educación a mediano y largo plazo. Entre ambos extremos queda lo que se ha perdido por un discurso que menosprecia el saber técnico y que hace el llamado a saldar las deudas históricas sin tomar acciones que las corrijan. Los problemas de calidad, permanencia, financiación y pertinencia de la educación en las distintas ciudades y territorios se mantienen y en algunos casos se han profundizado.
A pesar de las buenas intenciones, y coincidiendo con los análisis de los profesores Francisco Cajiao y Ángel Pérez y con la reciente columna en El Espectador del profesor Julián de Zubiría, el Ministerio de Educación Nacional reprobó el año. Sin embargo, más que centrar el análisis en la figura o el rol del presidente, el ministro o sus directivos, recurro a cuatro perspectivas necesarias para consolidar y fortalecer el sector educativo: la gobernanza institucional, la asignación de recursos financieros, el cumplimiento de metas, y finalmente, las acciones de seguimiento y evaluación.
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