
Hace unas semanas, durante un almuerzo para celebrar la época de fin de año con colegas de la industria, algo aparentemente trivial me dejó reflexionando profundamente. Todo comenzó cuando rechacé amablemente un ofrecimiento de alcohol. Normalmente, es un intercambio sencillo: “¿Toma algo?”, “No, gracias, no me hace bien”, y la conversación sigue. Sin embargo, esta vez no fue así. Uno de los presentes insistió varias veces en que tomara “aunque sea una copa” y, al cuestionar mi negativa, culminó con una frase que me impactó: “Yo no confío en alguien que no bebe.”
Respondí con calma, pero con sinceridad: “Soy un adicto en recuperación.” Por primera vez en el ámbito laboral, más allá de mi jefe y unas pocas personas, decidí compartir esa verdad. La conversación cambió rápidamente de tono, pero para mí, el impacto quedó latente. No por la incomodidad que pudiera propiciar, sino porque no dejaba de pensar en lo que estas palabras podrían significar para alguien que aún lucha en silencio.
No es un caso aislado. Más allá de los excesos de fin de año, estudios muestran que alrededor del 10 % de los empleados en el ámbito laboral son bebedores de riesgo, y un 8 % tienen comportamientos abusivos de consumo. Esto no solo afecta su salud física, sino también su bienestar emocional y su desempeño. En muchos casos, el consumo de alcohol en el trabajo está vinculado a ambientes laborales negativos, marcados por el estrés o la falta de apoyo emocional. En esta coyuntura, el tema del alcohol adquiere mayor relevancia, ya que muchas reuniones sociales se convierten en escenarios donde las decisiones personales se ven cuestionadas.
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