
En un año que termina con incertidumbre económica y turbulencia geopolítica, es satisfactorio destacar dos eventos internacionales recientes que levantan el espíritu e invitan a la esperanza. Uno de ellos tuvo lugar en Paris, el otro en Montevideo.
La buena noticia desde la ciudad luz es la restauración exitosa de la catedral de Notre Dame, después del incendio de abril de 2019, que amenazó con provocar su colapso. Tanto la semidestruccion de la catedral como su reapertura, después de cinco años de intensa y cuidadosa labor de limpieza, refuerzo y restauración, tuvieron una resonancia mundial que trasciende los limites de Francia y del ámbito estrictamente religioso.
Notre Dame, obra maestra de arquitectura gótica, fue construida entre los siglos XII y XIV de nuestra era. Asociada a la identidad de Paris y de Francia, la catedral es percibida como un icono histórico de la civilización occidental. Habida cuenta de los recursos tecnológicos disponibles en la Edad Media, el tamaño y la magnificencia de la obra eran, a la vez, un homenaje a Nuestra Señora y una demostración al mundo de lo que era capaz lo que en esa época se denominaba la cristiandad y ahora conocemos como Occidente.
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