
Recuerdo la noche del jueves 22 de febrero de 2001. El Teatro Jorge Eliécer Gaitán estaba a reventar y hasta se armó un tropel con la cantidad de gente que se quedó por fuera. El cartel lo ameritaba: el premio nobel de literatura José Saramago, de visita por primera vez a Colombia, conversaría con el inolvidable cronista Germán Castro Caycedo sobre la novela La caverna. En dicha conversación Saramago le confesó a nuestro decano del periodismo nacional que el asunto que lo impulsó a escribir la novela fue la impresión que sintió luego de visitar un centro comercial en Alberta, Canadá, y ver que dentro del mismo había playas, selvas artificiales, pistas de hielo, parques, tiendas y calles. Luego se enteró de que una mujer expresó que su última voluntad era que esparcieran las cenizas en un centro comercial porque allí había sido feliz y había pasado las mejores horas de su vida. Por eso, a la manera de Platón, el centro comercial sería nuestra caverna moderna.
Aquella reflexión de Saramago hace más de dos décadas es el punto de partida de lo que el llamado progreso ha desplazado de las grandes ciudades. Hay, sin duda, unas memorias infantiles de muchas generaciones relacionadas con las grandes casas de la infancia. Aquellas casas donde muchos fuimos felices y construimos la primera poética de los sueños, como diría Gastón Bachelard, cuando nos recuerda que “la casa no es un espacio sino una amenaza de eternidad”. Yo recuerdo de manera nítida la cartografía de Bogotá, sus barrios, sus imaginarios y sus recorridos. Los cines de barrio eran lugares de encuentro donde en pantallas gigantes nos asomábamos a la maravilla y el asombro.
Yo crecí en un barrio cuyo nombre ya no existe: Sears, limítrofe entre Chapinero, Palermo, El Campín y Pablo VI. Quizás por eso es que para mí occidente nacía al otro lado del puente de la calle cincuenta y tres con carrera treinta cuando hacía su aparición la buseta El Sol /Germania y que me llevaba hasta el centro y cuya ruta de regreso era Villa Luz. En el barrio jugué infinitos torneos de “banquitas” en las calles y quizás todavía no haya una alegría más honda que aquella en la que quedé goleador del torneo relámpago de microfútbol en el Parque Guernica o mejor conocido como Parque Palermo. Iba a misa a Santa Teresita con mi abuela Margot y los matinales del teatro Arlequín eran los mejores del sector.
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