
Durante las últimas dos semanas he recorrido por tierra y aire los bosques de Meta, Guaviare y Caquetá, quedándome con una desazón profunda, tan honda como la espesa capa de humo que se ve en toda la superficie, desde Mapiripán hasta el Caguán. La deforestación no bajará por una acción de presión armada unilateral, o por decreto y voluntad gubernamental.
Al cierre de esta columna, veo que han declarado la alerta ambiental en Bogotá por mala calidad del aire pero no hay emergencia humanitaria por lo que está viviendo la población en la zona. He visto cientos de kilómetros de trochas nuevas, al igual que corrales, vacas, cercas, cocales, y mucho bosque en el suelo, que aún falta por quemar, al igual que lo sucedido con pastizales, rastrojos y sabanas. Seguramente el espacio no me dará, por lo que esta columna contará solo una parte de lo visto.
En la Serranía de la Macarena, las primeras señales se ven alrededor del río Sanza, un hermoso cauce encajonado en la punta norte del Parque Nacional, el cual está siendo devastado a punta de candela y motosierra. Ni su cercanía al cañón del Guejar, al ecoturismo creciente o sus profundas cascadas sobre paredes del precámbrico, tan numerosas como únicas, han podido motivar el cambio de esta tendencia, ni mucho menos la presencia de una base militar como la del Cerro Miraflor, que como otras, solo es un espectador pasivo (¿o parte de?), en el mejor de los casos, del desastre ambiental. La terrible salida del ECTR Mariana Paz es el símbolo más claro de la pérdida de control territorial a pocos kilómetros de la capital del Meta, y de allí para abajo, hasta La Tagua.
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