
Hay que cambiar el proceso de elección de fiscal general si queremos tener una Fiscalía medianamente decente, interesada en investigar la criminalidad y la corrupción sin sesgos políticos y sin agendas ocultas. Esa es la conclusión que le deja a uno el farragoso y opaco proceso que se dio en la CSJ para elegir a la nueva fiscal, Luz Adriana Camargo.
Aunque muchos pensábamos que esta vez las cosas iban a ser diferentes, no lo fueron. La Corte Suprema de Justicia sometió a las ternadas a las prácticas clientelistas de siempre y hasta el presidente Petro que se había dado la pela por proponer una terna de mujeres que él no conocía, a última hora terminó interviniendo en el proceso. Así lo reveló CAMBIO cuando contó que Petro una semana antes de que fuera elegida Luz Adriana se reunió sigilosamente con la entonces fiscal encargada, Martha Mancera, en la casa del ministro de Justicia. Petro borró con el codo lo que había hecho con la mano, porque encima de eso llevó a la reunión a Laura Sarabia quien tiene sobre sus hombros una complicada investigación en su contra.
No nos digamos mentiras. Desde hace tiempo el proceso de elección del fiscal general es una cueva de Rolando de la que ningún magistrado se atreve a hablar. Las prácticas clientelistas que le imponen a los candidatos y candidatas son tan indignas que de ahí no puede salir nada bueno. Es, además, un sistema perverso porque funciona con reglas no escritas diseñadas para elegir al que más se arrodille y no al mejor o a la mejor.
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