
Este no es un texto sobre política, memoria o construcción de paz, aunque quizás sí refleje porque en Colombia todas ellas son tan convulsas y hostiles. Todo empieza cuando noté que ella siempre estaba ahí, en el mismo lugar, el antejardín de mi edificio.
Algunos días no la veía porque se escondía entre los arbustos, pero la gatita no salía de ese espacio que adoptó como su casa y de donde está impedida para moverse muy lejos porque tiene la columna lastimada; no puede trepar árboles ni meterse debajo de los carros cercanos con agilidad.
Los residentes del edificio, todos la conocían o, al menos, forzosamente han tenido que verla ahí. No sé si a alguno le molestaría el simple hecho de que ella existiera y permaneciera allí. Una mujer de otro edificio cercano le traían agua y comida. Ella me contó que la gata se llama Oreo; asumo que porque es negra y tiene la cara chata como una galleta.
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