
Blue tenía tan solo ocho años cuando fue violada por primera vez. El abusador era su padre. A los once años, su madre comenzó a explotarla sexualmente, la vendía a extranjeros que pagaban entre uno a diez millones de pesos por una noche con ella. Los monstruos ―como ella los llama― no estaban en la calle, hacían parte de su familia.
“La primera vez que esto pasó mi progenitora me drogó, no supe qué droga era, solo sé que un hombre abusó de mí y perdí el conocimiento. Ella nunca me explicó nada. Luego se volvió habitual que me vendieran a extranjeros, sucedía en mi casa o en la casa de mi abuela. Ella también abusaba de mí con su novia y sabía que mi padre hacía lo mismo. Los vecinos se daban cuenta, pero nadie hacía nada”, me cuenta Blue, que hoy tiene 18 años.
Blue vivía en Cali con sus padres y su hermano menor y, a diferencia de muchas familias en las que esto sucede, no tenía carencias económicas: “Mis padres son profesionales y podían trabajar, creo que mi madre lo hacía porque era adicta a los lujos, vendía mi cuerpo para darse gustos”.
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