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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Un viaje por la FilBo

Tengo memoria de las casetas metálicas ubicadas en el mes de julio y algunas veces en diciembre en el Parque Santander. Durante dos semanas, las principales editoriales del país se ubicaban en este punto de la ciudad para presentar sus novedades a los lectores. Se conocía como la Feria del Libro porque se conseguían con rebajas no solo las primicias bibliográficas, sino que se ofrecían enciclopedias y grandes tomos sobre artes, historia, ciencias y cultura general. Aquello del Parque Santander era el preludio de una fiesta y, como en una piñata, el lugar para encontrar sorpresas entre la montonera de volúmenes que siempre había sobre las mesas y los estantes. El antecedente de esa feria era una que había creado Jorge Eliécer Gaitán cuando fue alcalde de Bogotá en 1936 y que se conocía como la Feria Popular del Libro.

La década de los ochenta fue, como todos los sabemos, una temporada muy tensa en el país. El clima de miedo y de conflicto estaba en las calles. En 1988 Bogotá celebraba los 450 años de fundación y en los colegios repasábamos la biografía del granadino Gonzalo Jiménez de Quesada y el relato de las doce chozas y una capilla de piedra, inicial de lo que hoy es una inmensa metrópoli llena de caos y también de belleza. El 29 de abril de ese año se materializó un sueño que años atrás obsesionó al político liberal Jorge Valencia Jaramillo de hacer una feria del libro en Bogotá que estuviera a la altura de las principales ferias del continente como Buenos Aires y Guadalajara. Por esos días Valencia Jaramillo era el presidente de la Cámara Colombiana de la Industria Editorial, que hoy conocemos como Cámara Colombiana del Libro, y su director era Juan Luis Mejía, ambos encontraron en las cabezas directivas de Corferias, Hernando Restrepo y Óscar Pérez, los mejores aliados para echar a rodar la idea. Y fue así como nació la primera Feria Internacional del Libro de Bogotá cuando la industria editorial del país era pequeña y los escritores nacionales se conocían a través de la correspondencia epistolar y los pequeños encuentros y congresos literarios que se hacían en algunas ciudades del Colombia. Por eso la creación de la FILBo, y que la sede fuera en el recinto ferial mas importante de la región permitiría que autores, editores, libreros impresores, distribuidores, comentaristas bibliográficos, periodistas, profesores, bibliotecarios, promotores y lectores se encontraran una vez al año y tuvieran no solo la oportunidad de establecer negocios y contratos editoriales sino que, a través de una programación cultural, pudieran iniciar conversaciones e intercambios alrededor de los temas que siempre han rodeado a la cadena del libro.

Parecen muy lejos en el tiempo los titulares de algunos periódicos que daban la bienvenida a la gran invitada de honor de esa primera feria, María Kodama, viuda y albacea del escritor argentino Jorge Luis Borges, quien tuvo que sortear desde todos los malabares de los organizadores que se estrenaban como gestores culturales y logísticos de un evento de gran magnitud hasta las impertinentes preguntas de algunos periodistas radiales y de televisión. Poco a poco en los años posteriores la feria empieza a crecer y a ganar público. Se vinculan nuevos patrocinadores y empiezan a llegar autores y autoras internacionales y desde 1991, se convoca a un país como invitado de honor. Recuerdo a César Gaviria y Carlos Andrés Pérez cortando la cinta del pabellón de Venezuela como primer país invitado y el impresionante montaje en 1992 del pabellón de España en el año de los Juegos Olímpicos de Barcelona y de los 500 años del encuentro de dos mundos. Pero más allá de esos montajes, lo más emocionante era ver caminar a los escritores que siempre había admirado y si era el caso saludarlos y pedirles una firma como si fueran estrellas de rock o deportivas.

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