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Velia Vidal
Puntos de vista

Preta

En el escenario estaba Preta María Gil, hija de nuestro gran Gilberto, un músico y compositor de esos que no deberían morir jamás, no solo por el valor de su obra artística sino por sus convicciones. Es un hombre que en 1974 tuvo el carácter de pararse ante un notario (según cuentan las redes) y exigir que su hija se llamara Negra, así como a otras las llamaban Blanca, Clara, Rosa. Parecería una pelea cualquiera entre un padre y un oficinista, si no fuera por el peso de esa palabra, que ha sido usada al mismo tiempo para nombrarnos e intentar anular nuestra existencia, cargándola de valores negativos para definirnos.

Preta tiene el talento de su padre y por eso había cientos siguiendo su música y su espectáculo con atención. Entre el público se lucían todos los tipos de crespos, del dos a, hasta el cuatro c y los que no tienen categoría. Había Kinky, Kanecalón, extensiones, pelucas de todos los colores, trenzas de infinitas formas, texturas y largos, afros de todos los tamaños. Se hablaba principalmente portugués de Brasil, pero también nos decíamos cosas en español, inglés y francés. Aunque un poco cansados por la agenda académica y comercial del día, nos paseábamos por ahí algunos escritores, diseñadores de moda, actores, directores de cine, joyeros, artistas plásticos y directores de otros festivales de gente negra y de la diáspora africana, de Estados Unidos, Colombia, Burkina Faso, Ruanda, Chile, Venezuela, Argentina, Haití y, por supuesto, Brasil. Sobra decir que las pieles eran de todos los tonos de negro, y no me refiero a una escala de grises, sino a todas las pieles que tenemos quienes somos, nos reconocemos y nos decimos a sí mismos gente negra. Estábamos en el parque de Ibirapuera, en San Pablo, en el último día del Festival Feria Preta, creado y liderado por la maravillosa Adriana Barbosa.

Fui una invitada tardía, llegué por referencia de José Guarnizo a su amigo Daniel Manjarrés, quien es la mano derecha de Barbosa en la programación. Acepté poniendo condiciones, y más como un gesto de agradecimiento que por la convicción de una participación productiva. Desde que hice mi certificado en estudios afrolatinoamericanos he sentido desconfianza y resistencia con este tipo de festivales, específicamente por el riesgo de remarcar y profundizar estereotipos que encuentro en ellos, similar al de exotización. Me aterra pensar que haya quienes asistan a vernos como una cosa extraña con formas particulares y únicas de ser. Me da miedo que en busca de nuestra legítima reivindicación cultural convirtamos nuestra existencia en espectáculo y la limitemos a un asunto estético.

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