
Al cierre de mucho de mis talleres o cursos de poesía suelo, algunas veces, organizar un recorrido de gratitudes a través de algunas tumbas de poetas. Tumbas de la gloria diría la canción de Fito Páez. Primero vamos al Cementerio Central de Bogotá y visitamos el mausoleo de nuestro “bogotano universal” José Asunción Silva que se encuentra en el panteón central. Allí está también su hermana Elvira y nada mejor que iniciar el recorrido con la lectura del tercer Nocturno y recordar algunas anécdotas sobre todo la leyenda que rodeó su muerte desde el encuentro la víspera del 24 de mayo de 1896 con su amigo, el médico Juan Evangelista Manrique hasta la cena con trece comensales en la casa número 13 de La Candelaria esa misma noche y las posteriores teorías conspirativas sobre que nuestro poeta no se suicidó, sino que fue asesinado. Esa primera parada no solo es una invitación a releer la poesía y la prosa de Silva sino de leer las espléndidas biografías que sobre nuestro poeta escribieron Enrique Santos Molano, Fernando Vallejo, Ricardo Cano Gaviria y Héctor Orjuela y las bellas novelas que escribieron Ricardo Silva Romero y Daniel Ángel. También es un pretexto para volver a las memorias que María Mercedes Carranza compiló bajo la curaduría del inolvidable profesor Jaime Eduardo Jaramillo Zuluaga a propósito del congreso que se realizó en la Casa de Poesía Silva con motivo del centenario de la muerte del poeta en 1996.
Luego de leer en voz alta el famoso Nocturno pasamos por las tumbas de Rafael Pombo y León de Greiff. También les dedicamos algunos poemas, recordamos algunas anécdotas y tomamos algunas fotos como parte del ritual. Seguimos luego hacia el norte de Bogotá y es obligatoria la parada en Jardines de Paz para visitar al autor de Morada al sur Aurelio Arturo. Dejamos flores y leemos fragmentos de algunos de sus memorables poemas y por último seguimos hasta Sopó para rendirle tributo a la memoria de la gran poeta María Mercedes Carranza quien se encuentra allí bajo una lápida donde se lee su poema Oración: “No más amaneceres ni costumbres, / No más luz, no más oficios, no más instantes./ Sólo tierra, tierra en los ojos, / entre la boca y los oídos; / tierra sobre los pechos aplastados; / tierra entre el vientre seco; / tierra apretada a la espalda; / a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra; / tierra entre las manos ahí dejadas./ Tierra y olvido”. Hasta hace poco allí estaba también su padre el poeta Eduardo Carranza, pero en la última visita nos sorprendió al ver que su lugar estaba vacío y que sus restos habían sido trasladados a Apiay en los llanos orientales donde el poeta del grupo de Piedra y Cielo había nacido.
Algunas veces estas visitas, además de la lectura, la anécdota y la foto incluyen limpiar las lápidas para resaltar sus nombres y facilitar su búsqueda a futuros visitantes. De igual forma, es una manera de sabernos, más allá de sus lectores, sus deudos, como si fueran parte de nuestra más íntima genealogía porque hacen parte de nuestro patrimonio cultural y lingüístico. Esta lengua que hablamos hoy mucho le debe a la forma en que cada uno de los poetas de nuestra tradición supo modificar el idioma para preservarlo a través del tiempo.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios












