
Es inevitable: siempre que veo las carreras de atletismo en los Juegos Olímpicos recuerdo aquella hermosa película dirigida por el británico Hugh Hudson y que fue estrenada en 1981: Carros de fuego donde se narra la rivalidad entre dos grandes atletas que entrenan en el campus de la Universidad de Cambridge y que, entre el honor, el esfuerzo, la dignidad y las profundas creencias luchan por competir en las olimpiadas de 1924. Eric Lidell sintetiza el talento y la magia y Harold Abrahams personifica el esfuerzo y la constancia nos dejan profundas lecciones sobre el destino humano mientras la banda sonora de Vangelis nos conmueve con su misterio. El poema de William Blake And did those feet in ancient time es uno de los grandes símbolos nacionales del Reino Unido y uno de sus versos da el nombre a esta emblemática película.
Dos años antes, la pequeña isla de Santa Lucía en el Caribe se independizaba definitivamente de la Mancomunidad de Naciones asociadas a la corona británica y empezaba a escribir su propia historia, eso sí, en inglés, pero en un inglés que se llenaba de otros colores, matices y significados en el que las palabras se cargaban de una poesía y de un Caribe también herido y doloroso. Este pequeño país de volcanes y rodeado de mar, azotado cada año por la temporada de huracanes volvió a ser noticia hace unas semanas: la atleta Julien Alfred ganaba por primera vez para su país la medalla de oro en los cien metros planos en París 2024. Las imágenes rápidamente se hicieron virales. En la Plaza Derek Walcott de la capital Castries la gente estallaba en júbilo ante el imposible. Alfred derrotaba a las favoritas para conquistar la medalla y regalaba un instante de felicidad eterna a su pequeño país. Otra vez Santa Lucía era universal y estaba en la retina de todos como ya lo había estado en 1992 cuando el poeta Derek Walcott ganaba el Premio Nobel de Literatura.
La victoria de Julien Alfred me ha llevado nuevamente a esos poemas de Walcott donde la isla es el escenario de una épica de la resistencia y la fuerza. La independencia del Reino Unido era también cultural. Walcott sacudía los cimientos de la lengua inglesa la convertía en una nueva epopeya. Omeros se convertiría en una Ilíada americana, caribeña porque, además, Santa Lucía era conocida como la “Helena del Caribe” porque ingleses y franceses se disputaban su belleza. La atleta triunfaba en París y en la plaza que lleva el nombre del gran poeta épico de nuestro tiempo celebran con la euforia atragantada durante siglos de esclavitud. Walcott nos recuerda que “el destino de la poesía es enamorarse del mundo, a pesar de la Historia”. Afortunadamente están los poetas de siempre para darle voz a los que no tienen voz y de ponerles palabras a los grandes asuntos humanos.
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