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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Redescubriendo la biblioteca escolar

Recuerdo con alegría mis visitas a la biblioteca de mi colegio. Solía refugiarme allí en los descansos a leer al azar lo que encontraba en las enciclopedias de referencia o en los estantes de literatura. Muchas veces fui a los estantes de ciencia por mi interés en la astronomía y todos los fenómenos celestes, pero siempre la literatura terminaba por seducirme mucho más. Allí pasé los mejores momentos de la vida escolar entre el silencio y olor de las hojas de papel cosidas a los lomos de tantos volúmenes. Los olores de las enciclopedias me gustaban más y el de las tintas de los libros a color de aquella época. El olor a tiempo detenido de los libros viejos también me conmovía. Sin embargo, aquel encanto de la biblioteca en aquellos tiempos lo podíamos disfrutar quienes teníamos un afecto verdadero por los libros, mapas y archivos que guardan secretos del pasado. Para la mayoría de mis compañeros la biblioteca era el lugar de castigo o un escondite para los que se escapaban de las clases. Si no llevábamos completo el uniforme de la clase de educación física, el castigo era ir a la biblioteca. Si no hacíamos los infinitos ejercicios del Álgebra de Baldor o no teníamos la bata para el laboratorio de química terminábamos castigados en la biblioteca con una anotación. Así, la biblioteca era el lugar del castigo donde debíamos cumplir la pena a una falta grave. Si suspendían a alguien por uno o dos días por alguna falta disciplinaria leve, dicha suspensión debía cumplirse en la biblioteca llenando insufribles cuestionarios y guías preparadas para el castigo. No había una reparación o una reflexión sobre la falta cometida, sino que había que llenar páginas llenas de preguntas que solo se resolvían con los libros de texto de cada materia. Obviamente, al final, nadie revisaba esos cuestionarios solo se había cumplido el objetivo de llenar de trabajo al estudiante amonestado.

Por ejemplos como los anteriores es que la biblioteca y los libros se convirtieron poco a poco en sinónimos de castigo. Esta percepción distorsionada, arraigada en una mala interpretación del espacio bibliotecario, no solo desvirtúa su propósito fundamental, sino que también priva a los estudiantes de la posibilidad de disfrutar de uno de los entornos más ricos y formativos en su proceso educativo. En fin, la lectura como lugar de la penitencia. Aquella visión obsoleta lamentablemente persiste en muchos entornos escolares donde la biblioteca pareciera ser un depósito de libros viejos que donan herederos de exalumnos que buscan deshacerse de esos volúmenes llenos de hongos y ácaros que perviven en sus estantes. En otros colegios, la biblioteca está considerada dentro del organigrama de la institución como un área de servicio como la fotocopiadora, la enfermería, la cafetería o el transporte escolar.

Algunos colegios y muchas universidades, por el contrario, han entendido que la biblioteca es el imán de la institución. Es el magneto que permite que toda la vida sea transversal a toda la vida académica y convivencial de las instituciones. A través de la biblioteca vibra la investigación, la preparación de clases y las actividades de esparcimiento. Una buena biblioteca escolar debe contribuir a abrir la imaginación y el pensamiento crítico. Por eso no solo debe estar en el centro de muchos organigramas, sino que debe permear las áreas académicas, acompañar los procesos y asistir a las reuniones académicas porque la lectura hace parte de todas las áreas del conocimiento. Me gusta cuando visito colegios y veo bibliotecas bien dotadas de novedades bibliográficas y que tienen en sus equipos de trabajo tanto profesionales en bibliotecología o ciencias de la información como promotores de lectura y maestros bibliotecarios que acompañen el día a día al colegio.

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