
Ramón Jesurún siempre ha generado más rechazo que aceptación, pero eso en este país no importa, sigue atornillado a su cargo como presidente de la Federación Colombiana de Fútbol. Este fin de semana, los abucheos que recibió del público que asistió a la final de la Copa Mundial Femenina Sub-20, fueron la excusa para volver a poner el tema sobre la mesa –por lo menos en la opinión pública que aún se indigna–, pues la dirigencia de ese deporte sigue haciéndose la de los oídos sordos.
El historial de Jesurún es impresentable, para nadie es un secreto que su nombre representa la corrupción, la mala gestión, el clasismo y hasta la violencia. Sin embargo, cada vez que se ve envuelto en un escándalo, se guarda un silencio cómplice o le llueven, sin pena alguna, apoyos de todas partes.
El último incidente que protagonizó debió ser motivo suficiente para ser apartado de su cargo. El flamante presidente y su hijo fueron detenidos por agredir a un guardia de seguridad en el Hard Rock Stadium, donde se jugaba la final de la Copa América entre Colombia y Argentina. La justificación de la Federación fue tanto o más vergonzosa que el suceso: apelar a su instinto paternal. ¡Vaya ejemplo!
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