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Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

¡Allí vienen!

“¡Allí vienen!”, exclamó un escuálido hombre desde lo alto de una torreta. La 45ª división de Infantería del Séptimo Ejército de los Estados Unidos ingresaba al Campo de exterminio de Dachau. Treinta y tres mil esqueléticos prisioneros que tenían los días contados, observaban incrédulos a los libertadores. En aquella tarde crepuscular, los miembros de la SS y los carceleros nazis fueron ejecutados en el mismo campo por un pelotón de tiradores. Semanas antes, el Ejército Rojo Soviético había liberado a Auschwitz, el principal campo de exterminio nazi que cobró la vida a más de un millón de prisioneros. Cuerpos de hombres y mujeres transformados en humo salieron por las bocas de las chimeneas de los hornos crematorios.

En el invierno de 2009 le pedí a Jana que fuéramos hasta a Dachau. Ella era entonces mi pareja. Fuimos a pasar las navidades en Múnich, donde vivían sus padres. Tomamos el tren de cercanías en la estación central. Cuando llegamos a Dachau, el termómetro marcaba seis grados centígrados bajo cero. Caminamos hasta el Campo en medio de la niebla. En la entrada descubrí una fotografía de gran tamaño en la que aparecía un prisionero con la cabeza rapada y la piel pegada a los huesos. Escudriñé la cuenca de los ojos del prisionero tratando de descubrir alguna señal de humanidad en su rostro. “¿Qué te pasa?”, me preguntó Jana cuando observó mis ojos llorosos. “Quien alguna vez ha perdido la libertad, puede leer el rostro de ese hombre”, respondí. Nos fundimos en un abrazo. “Después de la guerra, mis abuelos y mi madre, que era una niña, se refugiaron en este Campo porque sus casas quedaron destruidas por los bombardeos”, me contó ella.

En la primavera de 2010, fui a un encuentro con Boris Pahor, en Barcelona. Cuando acabó la velada, me acerqué a él con un ejemplar de su libro, Necrópolis, que junto a las obras de Primo Levi e Imre Kertész, describieron los horrores del fascismo. Tomó la obra entre sus manos y, sacando un estilógrafo de la chaqueta de su traje gris, escribió con pulso firme una dedicatoria en italiano. Pahor, nacido en Trieste, tenía entonces 97 años, e hizo parte de la resistencia antifascista en Eslovenia durante la Segunda Guerra Mundial hasta que fue arrestado por la Gestapo, e internado en varios campos de concentración. Pahor se preguntaba en aquella velada: “¿Cómo es posible que algunas sociedades toleren los desfiles de individuos vestidos como los criminales nazis e imiten el saludo de los homicidas que quisieron imponer un orden totalitario en el mundo?”.

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