
Confiar y comprobar deben ir de la mano. La confianza ciega, sin comprobación, puede ser el camino más rápido al desastre.
Por: Luis Alberto Arango
Hace varios años, en una junta directiva en la que participé, conocí a Pedro Vargas Gallo, un emprendedor visionario y empresario cuya agudeza mental y sabiduría práctica me dejaron huella. Era de esos líderes que, con cada frase, lograban cautivar la atención de todos en la sala. Sus intervenciones solían estar acompañadas de dichos que cimentaban con fuerza sus ideas. Entre todos, hubo uno que transmito cada vez que puedo: “Confía, pero comprueba”, me decía. Pedro falleció en 2016, pero su sabiduría sigue siendo un referente en mi vida.
Aquella frase, aparentemente sencilla, encierra una lección profunda que se debe aplicar en la vida personal y profesional. En los negocios y en el emprendimiento, la confianza es un pilar fundamental. Sin ella, las relaciones humanas serían inviables, los acuerdos no existirían y los proyectos jamás despegarían. Sin embargo, la confianza ciega, sin comprobación, puede ser el camino más rápido al desastre.
“Todo parecía impecable hasta que un potencial inversionista más perspicaz pidió ver las declaraciones de exportación”
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