
Hace poco, leyendo el libro Botella al mar. Construir la esperanza: entre la crisis climática y la policrisis, de Manuel Guzmán-Hennessey, volví a mis preguntas sobre la necesidad de las humanidades y del arte en los tiempos que vivimos. De alguna forma, la tesis central de la obra es que el verdadero cambio climático no pasa por la aduana necesariamente de lo económico, sino que debe tener el filtro de lo cultural y, por supuesto, de la educación.
Hay todas las razones para ser pesimistas y vemos cómo las nuevas generaciones tienen unas ansiedades frente a las grandes incertidumbres del futuro. No sólo es el cambio climático sino la hiperconectividad y las debilidades de las instituciones democráticas lo que llevan a que los jóvenes enfrenten un sinfín de contradicciones para construir un porvenir que todavía no tiene ninguna forma. Por eso no quieren durar en los trabajos, no quieren comprar casa propia. Quieren ser nómadas muchos de ellos vinculados de manera remota a sus trabajos. Es el signo de la globalización, pero también una marca de un tiempo sin mitos y que necesita de nuevos héroes y heroínas para reinventar los relatos de siempre y ponerlos en el foco de esta época.
Los viejos mitos de siempre nos han ofrecido estructuras e imaginarios para entender el mundo: relatos que llenaban de significados nuestra experiencia humana compartida. Gracias a todos esos relatos somos lo que somos hoy para bien o para mal y han dado respuestas a las inmensas preguntas de siempre. Ahora pareciera que por la falta de sacralidad nuestro tiempo cada vez echa una pala de tierra sobre esos mitos.
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