
Tengo el recuerdo de mi primer Quijote en una edición ilustrada por Chiqui de la Fuente. Eran tres breves volúmenes donde las ilustraciones aparecían sobre unas fotos de distintos lugares de la región de La Mancha. Ahí, siendo niño, vi por primera vez los molinos de viento y supe para siempre que serían para siempre mis gigantes favoritos en mi pequeña Liliput de mi infancia. Con el paso de los años supe que se trataba de la gran metáfora de la imaginación enfrentada a la razón y del sueño contra la realidad. La mirada inocente de Don Quijote confundía los molinos con gigantes porque esa mirada transformaba el mundo y cambió para siempre nuestra manera de observar y comprender. He sido un convencido de que el primer gran momento de la poesía parte de la observación y que la generosidad del poeta es dar a ver lo que los demás no ven. Eso fue lo que Don Quijote vino a enseñarnos y por eso aquellos molinos seguirán siendo para mí los más cercanos y entrañables gigantes.
Los molinos de Cervantes en las llanuras de La Mancha fueron un símbolo de la imaginación y la inteligencia humana en una tierra seca. Nacieron para suplir algunas ausencias terrestres y aprovechar al máximo los regalos del cielo y del viento. Cuatro siglos después nos permiten transformar la energía del viento en posibilidades de sustento para una humanidad cansada. Como quien dice, cuatro siglos después un líder del mundo los sigue viendo como enemigos cuando, en realidad, son algunos de esos mitos y leyendas que nos quedan en medio de nuestro intento por reconciliarnos con nuestra naturaleza.
Las declaraciones de Trump revelaron su incomodidad más profunda y que, por supuesto, va más allá de la interpretación poética. Nuestra humanidad actual, lo que queda de civilización, debe aprender a girar con el viento y no contra él y por eso para los nostálgicos del petróleo y el carbón este símbolo sigue girando en el imaginario cultural de muchos y se han convertido en testimonio del idealismo contra las fuerzas que niegan los sueños, la imaginación y la identidad. Aquellos gigantes que enloquecieron a Don Quijote se han transformado con el paso del tiempo en máquinas eólicas que buscan reducir el daño diario causado al planeta durante siglos de combustibles fósiles.
En un tiempo que parece perder la fe en los ideales, los molinos de viento nos invitan a recuperar la obstinación de Don Quijote de creer en lo imposible, aunque el viento sople en contra. Tal vez el futuro dependa precisamente de eso, de volver a mirar el horizonte con la misma mezcla de locura y lucidez con las que el hidalgo embistió a sus gigantes. Porque en esa embestida, más que un error, hay una lección y es la de mirar el mundo con la responsabilidad de su cuidado.
Quizás ha llegado el momento de volver a mirar atrás levantar la vista y atrevernos a creer que otro mundo es posible si dejamos que el viento, esa voz antigua del planeta, vuelva a hablarnos. Todos los molinos son gigantes que nos recuerdan que la locura de Don Quijote no fue un simple delirio sino la más alta definición de la esperanza. Como en todo, Cervantes se adelantó y nos habló de nuestro presente hace cuatrocientos años. Esa es la poesía que siempre triunfa así sea desde el lenguaje, la expresión o el gesto de gigante. Ahí permanece, como todavía permanece sobre mi primera edición ilustrada donde habitan intactos los molinos, el asombro y la palabra sobre el discurso vacío y la barbarie.
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