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Federico Díaz Granados

Al borde de la misma noche

Vivimos días de mucha altisonancia, insultos y gritería y, al parecer, eso no pasará pronto. Pareciera, de igual forma, que la mirada, esa ventana del asombro, estuviera anestesiada ante tantas imágenes llenas de crueldad que pasan cada instante frente a nuestros ojos. Ver la guerra en tiempo real nos ha llevado a una inmunidad de rebaño, de esa que hablaban tanto durante la pandemia, la cual ya la hicimos parte de nuestra cotidianidad. A veces es necesario bajar la voz para escuchar las voces más esenciales y regresar a aquellas preguntas que nos abren caminos insospechados para trazar nuestro destino. 

Me gusta pensar siempre en los secretos de la astronomía cuando miro hacia el cielo e imaginar que allí también están muchas de las respuestas que necesito cuando escribo un poema. Siento el mismo vértigo frente a todo aquello que no se explica todavía y que uno trata de descifrar desde el antiguo oficio de preguntar. Lo sagrado y lo material,  al igual que las emociones y la reflexión, sostienen correspondencias en el amplio territorio de la pregunta. Por eso temo cuando veo que muchos jóvenes de hoy ya no quieren preguntar o imaginar que viven un instante de primeras veces donde todavía quedan innumerables asuntos por descubrir.

Quizá por eso Saint-John Perse pudo preguntarse, frente a la energía nuclear, si bastaría “la lámpara de arcilla del poeta” para responderse que sí y recordarnos que el hombre siempre recordará la arcilla primigenia que nos dio muchas de las primeras respuestas y que en la arcilla está gran parte de la memoria de lo que somos cuando la luz se apaga. El científico, Carl Sagan, afirma que la Tierra es “un pálido punto azul atravesado por un rayo de sol”. El poeta, Salvatore Quasimodo, reafirma: “El hombre está solo sobre la faz de la Tierra / atravesado por un rayo de sol: / y enseguida anochece”. No es que la ciencia se vuelva metáfora ni que el poema se vuelva dato; es que ambos se reconocen al borde de la misma noche.

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