
En las últimas columnas he escrito sobre un mismo recorrido: primero, aprender a amarme para no romperme; después, amar a los otros y a lo que hago para no consumirlos ni consumirme.
Este es el tercer acto de ese camino: el amor a mi país.
Porque si no me amo, no puedo amar a otro.
Y si no amo al otro, tampoco puedo amar a mi país.
El amor no salta directo a la bandera: se aprende en el cuerpo y en los vínculos.
Cuando no habita lo que hacemos, lo que hacemos termina por vaciarnos.
Algo parecido le está pasando a Colombia:
se va rompiendo lentamente,
vaciándose poco a poco,
hasta que lo común empieza a parecernos ajeno
y el futuro, asunto de otros.
Regístrate para seguir leyendo
Ingresa tu correo para continuar disfrutando de nuestro contenido.
¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión
Lea los comentarios
















