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Juan David Correa
Puntos de vista

El coraje de Helena

Dice que esa noche, aquella noche que fue también esta noche de hace cuarenta años, escuchó con pavor los tanques pesados, ruidosos como orugas oxidadas, pasar sobre el asfalto de la carrera Quinta. Ella vivía en el barrio La Macarena junto a sus dos padres, Carlos Horacio y Ana María, y sus dos hermanas. Dice que no pudo dormir. Que no pudo cerrar los ojos desde entonces. ¿Qué piensa una niña de diez años cuando a la sala de su apartamento han llegado Germán Castro Caycedo, el doctor Yepes, y otras y otros amigos y amigas preocupados por el destino del magistrado auxiliar del Consejo de Estado que hasta hace unas horas se había levantado en su casa y se había despedido a sus hijas por ese barrio de colinas que en las mañanas de noviembre es brumoso y soleado a la vez? 

Dice que, al mediodía de ese 6 de noviembre, como este en el que usted, querida lectora, escucha o lee estas palabras, su mamá llegó al colegio La Enseñanza, ubicado en la avenida Chile entre carreras Séptima y Novena, en Bogotá, la sacó de clase temprano y le dijo que algo pasaba en la oficina de su papá. Dice que ella supo sin saber, y que durante mucho tiempo hubo un nudo en alguna parte de su alma o de su cuerpo que no sabía cómo entender. Dice que Germán Castro y el doctor Yepes salieron esa noche a buscar desesperados a su amigo, que fueron a varias programadoras y noticieros, que intentaron por todos los medios obtener imágenes de algunos magistrados que habían salido vivos del Palacio. Dicen que ellos lo vieron. Como los fantasmas, la imagen catódica de entonces se fue convirtiendo en bruma: la bruma de miles de archivos que hoy aún existen, pero muchos otros que fueron borrados, o grabados encima. Es tanto el horror de este país, que el cuidado de los archivos no existía y que a un horror se superponía otro, como capas estratificadas de imágenes perdidas o fundidas en una misma cinta. 

Dice Helena que salió del país porque a su madre, Ana María Bidegain, una brillante historiadora uruguaya, comenzaron a intimidarla. No era suficiente con desaparecer a su padre, el abogado Carlos Horacio Uran: a la oficina de la Universidad de los Andes llegaron anónimos que le exigían dejar de hacer preguntas.

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