
La doctrina es clara: el capitalismo neoliberal produce individuos que, de tener la suficiente ambición, pueden conseguir aquello que se propongan. En general, “aquello” se refiere a bienes, mercancías y un estatus social creado por ideales de libertad individual articulados por la publicidad y el estilo de vida norteamericano que se impuso en el mundo entero tras la caída del muro de Berlín y el fin del hombre soviético. Se precisaba de un soporte eficaz para penetrar las conciencias del mundo libre, según lo llamaron. La idea, por supuesto, era promover el self-made man, una especie de superhéroe vestido de traje que llegaba cansado todas las noches a casa y proporcionaba bienestar a su joven familia, por lo general católica en nuestros países o protestante en los del norte global, que iba los domingos a misa, que se afiliaba a clubes sociales, que estudiaba en universidades de prestigio y que, con esfuerzo y gracias a las relaciones de clase que se producían en esos espacios, conseguía bienes raíces, vacaciones a Estados Unidos, en particular a Disneylandia, en Florida, y que se cultivaba, en algunas ocasiones, frecuentando museos, leyendo algunos libros al año o aprendiendo la historia del mundo contada por académicos europeos.
El neoliberalismo se había iniciado como teleología económica en los años treinta, en el Coloquio Lippman, celebrado en París en 1938, en una etapa similar a la que vivimos hoy, cuando comenzaron a consolidarse los totalitarismos en Alemania, España, Italia y la Unión Soviética, para recuperar el viejo liberalismo decimonónico. La idea se consolidó con la creación de la Sociedad Mont Pelerin, en Suiza, en 1947, de la mano de varios intelectuales liberales como Friedrich Hayek, Milton Friedman y Karl Popper, entre otros, que insistían en la necesidad de crear un hombre libre, que no dependiera en exceso del dominio del Estado, y que para ello promoviera la libre empresa, el mercado como regulador de las relaciones sociales, y que se opusiera al papel preponderante del estado de bienestar que se creó en las entreguerras; el cual, después de treinta años de reconstrucción de Europa, vivió la gran crisis a comienzos de los años setenta ante la devaluación del dólar, el crecimiento de los precios del petróleo y la recesión producto de la estanflación (estancamiento más inflación) en varios países, entre ellos, el Reino Unido.
La llegada de Margaret Thatcher al poder en el Reino Unido en 1979 y, unos años después, la de Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos, en 1981, concretó el binomio profundo de las políticas neoliberales que hoy están en franca decadencia y que se expresan en los excesos de quienes se niegan a aceptar que el proyecto que promovieron provocó una gran deshumanización del mundo, una crisis global climática que puede llevarnos a la extinción, una individualización de las conciencias que supone vastos problemas mentales como pasar de una era de febrilidad y aburrimiento (en el tiempo de las fábricas) a una era de ansiedad (en el tiempo de las máquinas) que tiene a la humanidad en estado de adicción permanente, al decir de Mark Fisher.
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